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sábado, 3 de agosto de 2013

El inolvidable del 2012



Fue mi terremotito del 2012. Llegó a clases dos semanas después y con las etiquetas de "grosero", "malcriado", "incorregible" etc, por parte de la mayoría de profesores y estudiantes. No me sorprendí pues no era la primera vez que me ocurría algo así. Efectivamente, muchas veces fui testigo de sus perlas. Su palomillada diaria era fugarse del colegio a la tercera o cuarta hora (algunos decían "mejor que se vaya"), y por esa razón, cuando me tocaba clase con su grado, en el aula solo habíamos dos personas, lo que ocasionaba las risas de todo el que pasaba. Sin embargo, un par de conversaciones serias con él me pintaron un mejor panorama y pude descubrir que bajo todas esas etiquetas había una personita que podía ser alguien en la vida si se lo proponía, algo así como lo que llaman "un diamante en bruto", que necesitaba de constancia y fuerza de voluntad para lograr sus objetivos. Y en mi caso, paciencia...y mucho amor. 

En el tercer bimestre, cuando por fin se quedaba hasta la salida, empezó el nuevo round: Ir a buscarlo a otras aulas para llevarlo a la suya era un reto; lograr que entrara, voluntariamente, al menos una semana seguida a mis clases era todo un logro; hacer que participe de la clase ya era una hazaña y que haga un ejercicio en la pizarra, un imposible... Y un día lo hizo. Fue mi primera alegría con él. No puedo decir que a partir de ahí fue un chico modelo, ni por asomo. Su intermitencia me mataba, pero al menos ya era algo en comparación a como lo encontré. Recién al cuarto bimestre, luego de la enésima conversación, dejó por fin de escribir en hojitas o en borrador y llegó con su cuaderno de Comunicación bien forrado. Más vale tarde que nunca, esa fue mi segunda alegría. 

El tiempo pasó muy rápido y no hubo ocasión de una tercera alegría, ni siquiera para las palabras de despedida, simplemente el año terminó y con tristeza tuve que dejar atrás a todos esos chicos, incluyendo a mi querido terremotito. Me quedé con las ganas de hacer que lograra más cosas, así como con la duda de saber si todo le que le dije había causado algún efecto positivo y si me recordaría en el futuro. 

La tercera alegría que nunca llegó en el 2012, ocurrió en el 2013. En febrero pasado, recibí una llamada: "Aló profesora, le habla Luis. Llamaba para saber cómo está. Dígame, ¿Nos va a enseñar este año?".

No pude evitar el paseo de una lágrima. :')


miércoles, 10 de julio de 2013

La mejor decisión

Nunca olvidaré aquella tarde de otoño en el centro pre universitario, había pasado mi primer examen con regular éxito considerando la cantidad de postulantes y me encontraba ante el momento crucial de elegir a qué carrera del grupo me iba a presentar. Cuando tuve en mi manos el pequeño formato no pude evitar sentirme ante una pregunta de examen de admisión en la que no podía fallar  porque no perdería solo un punto, sino cinco años de mi vida.  "Grupo I. Seleccione la carrera profesional a la que desea postular: a) Derecho      b) Educación      c) Sociología".   Fueron los tres minutos más reflexivos de mi vida. 

En mi memoria tenía las palabras de mi abuela comentando muy orgullosa antes sus amistades "Mi nieta va a ser abogada", también las de mi tío diciendo "Derecho es la voz, sobrina", pero sobre todo las expresiones faciales -  de desagrado claro está - de algunas  personas de mi entorno cuando les decía cuál era mi segunda opción, entonces rondaron por mi cabeza sus comentarios, los más repetidos eran: "Te vas a morir de hambre con ese sueldo" o "Ya te veo marchando con el SUTEP".  Tonterías como esas hicieron que aquel verano  cometiera el error de postular a una carrera que no quería estudiar, asumo que si no ingresé, no fue por falta de conocimientos sino por Dios me estaba reservando algo mejor y me brindaba algo así como una  segunda oportunidad. Él me conocía desde siempre, sabía que cuando niña, el mejor de mis juegos empezaba colocando una pequeña pizarra que traía mi padre del trabajo, de las que se usaban como publicidad de gaseosa y luego frente a ella,  tres o cuatro sillas en las que sentaba a mi hermana y a mis primas cada una con un cuaderno. Finalmente hacía mi entrada triunfal con mi enciclopedia "Escuela Nueva",  me colocaba tras una mesita que fungía de escritorio y comenzaba mis "clases".  No puedo evitar esbozar una sonrisa cada vez que recuerdo esas tardes. Vocación le llaman.

Por eso, cuando marqué la opción dejé de lado cualquier prejuicio de los demás por la carrera que iba a elegir. Las amanecidas, los sacrificios, las angustias y todo lo que implica una carrera universitaria, los iba a tener yo, no los demás así que todo eso tenía que valer la pena. Y vaya que la ha valido.



Diez años después de haber terminado la universidad puedo decir que, a pesar de los altibajos que se han presentado en el camino y los que seguramente se presentarán,  estoy convencida de que esa tarde tomé la mejor decisión, la que ha marcado mi vida y me ha llenado de experiencias inolvidables, las cuales no cambiaría por nada.