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miércoles, 10 de julio de 2013

La mejor decisión

Nunca olvidaré aquella tarde de otoño en el centro pre universitario, había pasado mi primer examen con regular éxito considerando la cantidad de postulantes y me encontraba ante el momento crucial de elegir a qué carrera del grupo me iba a presentar. Cuando tuve en mi manos el pequeño formato no pude evitar sentirme ante una pregunta de examen de admisión en la que no podía fallar  porque no perdería solo un punto, sino cinco años de mi vida.  "Grupo I. Seleccione la carrera profesional a la que desea postular: a) Derecho      b) Educación      c) Sociología".   Fueron los tres minutos más reflexivos de mi vida. 

En mi memoria tenía las palabras de mi abuela comentando muy orgullosa antes sus amistades "Mi nieta va a ser abogada", también las de mi tío diciendo "Derecho es la voz, sobrina", pero sobre todo las expresiones faciales -  de desagrado claro está - de algunas  personas de mi entorno cuando les decía cuál era mi segunda opción, entonces rondaron por mi cabeza sus comentarios, los más repetidos eran: "Te vas a morir de hambre con ese sueldo" o "Ya te veo marchando con el SUTEP".  Tonterías como esas hicieron que aquel verano  cometiera el error de postular a una carrera que no quería estudiar, asumo que si no ingresé, no fue por falta de conocimientos sino por Dios me estaba reservando algo mejor y me brindaba algo así como una  segunda oportunidad. Él me conocía desde siempre, sabía que cuando niña, el mejor de mis juegos empezaba colocando una pequeña pizarra que traía mi padre del trabajo, de las que se usaban como publicidad de gaseosa y luego frente a ella,  tres o cuatro sillas en las que sentaba a mi hermana y a mis primas cada una con un cuaderno. Finalmente hacía mi entrada triunfal con mi enciclopedia "Escuela Nueva",  me colocaba tras una mesita que fungía de escritorio y comenzaba mis "clases".  No puedo evitar esbozar una sonrisa cada vez que recuerdo esas tardes. Vocación le llaman.

Por eso, cuando marqué la opción dejé de lado cualquier prejuicio de los demás por la carrera que iba a elegir. Las amanecidas, los sacrificios, las angustias y todo lo que implica una carrera universitaria, los iba a tener yo, no los demás así que todo eso tenía que valer la pena. Y vaya que la ha valido.



Diez años después de haber terminado la universidad puedo decir que, a pesar de los altibajos que se han presentado en el camino y los que seguramente se presentarán,  estoy convencida de que esa tarde tomé la mejor decisión, la que ha marcado mi vida y me ha llenado de experiencias inolvidables, las cuales no cambiaría por nada.